Como cada noche desde hacía ya veinte años, puntual, la figura de aquel hombre cruzaba la puerta del pub y se adentraba entre el humo de los cigarrillos y el olor a alcohol de los licores hasta alcanzar el rincón que ya le era tan habitual, que parecía formar parte de si mismo.
Se quitaba su abrigo y con la parsimonia cuidada y ritual de quien sabe cual es su lugar, lo doblaba y tras dejarlo a un lado se sentaba en el banquito frente al piano. Descubría las pulidas teclas y las acariciaba con mimo con sus dedos mientras arrancaba notas que lánguidas iban desgranando la historia de su vida pasada.
Nadie sabía a ciencia cierta su edad. Ni demasiado viejo ni demasiado joven pero la inmensa tristeza que desprendían las notas del piano, evidenciaban la sabiduría de quien ha vivido años de dolor y soledad. La vejez prematura de quien estuvo en lo más alto y descendió a los infiernos por culpa de un maldito amor, de una negra obsesión que le hizo perder todo hasta querer morir.
Ahora, aquel pianista sobrevive reviviendo sus recuerdos, derramando cada noche sobre las teclas del viejo piano su hondo dolor.
Carmen
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