Te mueves.
Me muevo.
Nos movemos.
Se mueven nuestras caderas
con la cadencia lenta
de esa música de jazz
que nos va envolviendo.
Me miras.
Te miro.
Nos miramos.
Y en nuestras pupilas
se reflejan impávidas
las llamas que nos van devorando.
Me tomas.
Te tomo.
Nos tomamos.
Las manos que vuelan
presas de la prisa
por salir volando.
Me rozas.
Te rozo.
Nos rozamos.
Nuestras pieles
que queman
sensibles al tacto.
Me posees.
Te poseo.
Nos poseemos.
Tu cuerpo que
sin prisa ni pausa
entra en mi
y se sumerge
en el caudal de mi río.
Mi cuerpo que
te recibe gozoso,
abriéndose a tu ímpetu
de macho embravecido
mientras mis piernas
trepan y se enredan a ti,
a tus caderas,
en un abrazo infinito.
Sudores, gemidos,
deseos, risas.
La batalla más hermosa,
la menos sangrienta,
la que conduce a la calma
y nos eleva y nos ensalza.
Te rindes.
Me rindo.
Nos rendimos.
Cedemos al deseo
siguiendo los compases,
la cadenciosa melodía
que sigue sonando.
Te duermes.
Me duermo.
Nos dormimos.
Sueños que se funden
del rojo pasión al negro profundo,
donde nada puede alterar
la sonrisa enamorada
de los que saben
que su amor seguirá
después imperturbable,
apasionado, loco, bravío.
Carmen
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"Omnia mea mecum porto"
Soy todo lo que tengo

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