Esta tarde necesitaba salir a caminar, sin rumbo, donde mis pasos me llevaran. Necesitaba vaciar mi mente y con ella limpiar los restos de un corazón demasiado vapuleado ya. El día que había amanecido limpio y azul, había ido adornado los cielos con nubes plomizas que avanzaban por el horizonte y a las que el sol en su agonía iba tiñendo de rojo y oro.
Caminé con fuerza hasta agotarme, reteniendo las lágrimas que amenazaban con brotar de mis ojos como manantiales... Y de repente me paré y tome aire.
El aire olía a dulces de algodón que me trajeron recuerdos pasados, cuando la vida era mas fácil, menos complicada. Un grupo de niños pasaron corriendo a mi lado entre risas y gritos y me hicieron sentir de golpe que la vida sigue, que puedo sentirme muerta, pero la vida sigue a mi alrededor sin interrumpirse y me hace guiños cómplices como tratando de animarme.
Un perro se acercó a mi y me lamió la mano. Siempre he tenido un don especial con los animales, algún tipo de conexión especial que siempre admiró a mis amistades. Le miré a los ojos y lo que vi en ellos fue mi propia tristeza reflejarse. Como pude, le acaricie la cabeza y seguí adelante en mi deambular hacia ninguna parte.
Y llegó la noche y con ella las lagrimas furtivas ahogando un grito de desesperada agonía.
Luego... el vacío... la nada... la indiferencia más grande. Se que sólo es mi rebeldía que no se da por vencida, que me empujará de nuevo a seguir adelante, paso a paso, con lentitud pero sin descanso. Se que es mi razón poniendo llave y cerrojo a mi corazón... pero después de ese llanto al amparo de la oscuridad, me he sentido mucho mejor.
De regreso a mi casa, me he dado cuenta de que han florecido los cerezos japoneses de los jardines. Llegó un año más la primavera a mi ciudad, a la vida y aunque yo ya no crea en promesas, ese aroma de flores me ha recordado que amar, seguiré amando aunque duela y que quizás algún día, llegue a mi cuerpo que ahora sólo es un tronco seco herido por el hielo y la tormenta, quizás también llegue la primavera.
Hace algún tiempo, escribí un poema pensado para que fuera leído por mis hijos en mi funeral. Siempre me gusto ir un paso por delante y no dejar nada al azar. Hace una semana, leí ese mismo poema en el funeral de mi suegra... y eso si que no lo había previsto, pero pensé que era un buen momento para compartirlo.