jueves, 12 de marzo de 2026

Por quién doblan las campanas?


- ¿Juan, están doblando a muerto?


- Eso parece, María.


- ¿Y quién ha muerto?


- Pues no lo sé, quizás Gervasio el de la Isidra decidió dejar de sufrir.


- Pueda ser, sí… O quizás  Don Matías, el practicante. Ayer escuché en la Tahona que le dio un cólico, vete tú a saber si no fue un cólico miserere de esos que te mandan a ver a San Pedro en un santiamén.


- Calla  mujer, ¡no seas tan agorera!


- Pues no sé quien pudo ser… ¿Y si Santiago, el padre del buhonero dobló el pico? El otro día en la plaza dijeron que estaba muy enfermo allá en el asilo.


- Pueda ser, ya tiene una buena edad… En fin, deja de pensar, ya sabremos quién en el entierro.


La mañana continua su ritmo cotidiano. Los pájaros no se atreven a volar bajo el sol abrasador del agosto castellano. Juan y María siguen con sus tareas. Juan se encarga de su huerta y María arregla el hogar mientras espera la llegada de sus hijos pequeños.


Las horas pasan y las campanas siguen tocando su lento y solemne son anunciando la muerte de algún vecino. Los hijos llegan de la escuela entre gritos y bromas, con el hambre reflejada en sus miradas inquietas reclamando a su madre el sustento. Un galgo flaco y polvoriento se tumba a la sombra de la higuera y dos o tres gatos saltan tras una paloma alejándoselos hacia el portón trasero.


La comida humea en los platos sobre la mesa; la familia se sienta a comer mientras las campanas siguen con su lenta salmodia llenando el silencio. Nadie habla, solo se escucha el repiqueteo de las cucharas contra el plato y el sorber de los más pequeños. 


El día sigue imparable. Las campanas no dejan de llorar ha muerto.


Llega la tarde a su fin y el cielo del verano se va ya oscureciendo. María y Juan no han vuelto a hablar entre ellos, pero de vez en cuando cruzan sus miradas y en sus ojos se refleja una nerviosa curiosidad. Por el camino que llega del pueblo ven subir a Pedro, el mejor amigo de Juan.


- ¿Qué hay, Pedro?


- ¿Cómo va el día, Juan?


- Na, como siempre, quebraderos de cabeza y nada más… Se sabe quién murió, las campañas no han dejado de sonar en todo el día?


Pedro estalla en una fuerte risa, tan fuerte que desconcierta a Juan y María.


- No creo que la muerte de alguien sea motivo de risa, Pedro!


Pedro se sienta en una desvencijada silla sujetándose la prominente panza que se agita aún por la descontrolada risa. Cuando se calma, mira a sus amigos de hito en hito y por fin da respuesta a sus dudas:


- ¡Nadie ha muerto! ¡Ha sido la Rosario, la tonta del pueblo! Al parecer andaba desde bien temprano aburrida y viendo la puerta de la Iglesia abierta se ha parapetado en el campanario y le ha dado por ahí, por tocar ha muerto. Ni el cura, ni el médico, ni el maestro han logrado hacerla salir y ya la dejaron por imposible diciendo que ya se cansara de tanto repiqueteo.


El silencio se adueña del lugar durante unos minutos que casi parecen eternos. A lo lejos retumba un trueno y un relámpago ilumina el cielo.


Pedro, Juan y María se miran y de repente, los tres estallan al unísono en una sonora carcajada mientras las nubes parecen desgarrarse descargando la tormenta veraniega sobre ellos.


 Carmen


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"Omnia mea mecum porto"

Soy todo lo que tengo






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