jueves, 26 de marzo de 2026

LA FLOR DEL DESIERTO



Este relato lo he rescatado hoy de mi antiguo blog. Lo escribí hace muchos años ya, pero nunca ha salido de mi memoria. Hubo personas a las que le gustó y alguna otra, estrecha de mente y de miras, a la que no le gustó. Uno no es lo que escribe, es lo que siente. A los que nos gusta escribir, nos gusta dejarnos llevar por el momento; la inspiración llega en formas variadas.

A día de hoy,  aquellos que paseis por aquí y os detengais a leer este pequeño relato, no se si os parecerá bien o mal lo que en su momento escribí, pero para mi será igualmente importante saber que alguien pasó, se detuvo y se dejó llevar por el instante. Así que, desde ya...gracias, gracias por llegar hasta aquí.

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LA FLOR DEL DESIERTO



Estaba cansado. Todo el día cabalgando por las ardientes arenas del desierto. Deseaba llegar a la fresca oscuridad de su jaima y recostarse sobre las mullidas alfombras y cojines que cubrían su suelo... pero sobre todo, deseaba verla a ella... a la pequeña flor del desierto que había traído de sus últimas incursiones más allá de sus dominios, de un pequeño pueblo cercano a la frontera con su reino.


Tenía el pelo como la noche y sus ojos brillaban como estrellas. Sus labios rojos como los rubíes que adornaban su daga y un cuerpo... un cuerpo que se movía como los juncos del oasis cuando se acercaba la tormenta.


Por fin llegaron al poblado. Las mujeres salieron a su encuentro y él la buscó entre todas. No la vio allí y su corazón le dio un vuelco. Pregunto por ella a la más vieja de sus esclavas, a aquella que le había criado desde niño como si fuera su madre y en la que confiaba.


Aquella mujer envejecida y arrugada por el viento del desierto le sonrió con dulzura, le dijo que no se preocupara y le indicó que entrase en su jaima, que mandaría a alguien para que se ocupara de él. Dejó el caballo en manos de uno de sus hombres y entró en la tienda. La penumbra de la misma le cegó y tuvo que cerrar los ojos. De repente sintió una mano ligera y pequeña que rozaba su mano y sus sentidos aguzados por el desierto percibieron un ligero perfume almizclado. Preguntó con su voz profunda y poderosa, quién era... pero solo escuchó un siseo que le pedía silencio... Y aquella mano le condujo al interior de la tienda y le ayudó a despojarse de sus armas con leves movimientos, para después acomodarle entre los cojines allí dispuestos.


Cada vez que intentaba hablar, aquella mano delicada le tapaba la boca. Delicadamente le fue quitando la ropa y cuando estuvo desnudo, le fue pasando un paño humedecido en agua fresca por su cuerpo. Él cerró los ojos y se dispuso a disfrutar. Ya no se preguntaba quien seria ni pensaba en su delicada flor del desierto. Aquellas manos suaves y delicadas, comenzaban a transportarle a un paraíso de ensueño.


Cada toque, cada roce del paño húmedo por su cuerpo, parecía haber sido estudiado. Su cuerpo comenzó a reaccionar a dichas caricias y su arma poderosa de hombre, comenzó a alzarse reclamando entrar a la batalla......


Intentó abrazar a aquella desconocida, pero fue en vano…. esta se escurrió entre sus brazos y se alejo de él dejándole solo el eco de su cristalina risa. Poco después la escuchó regresar; el tintineo de las pulseras que adornaban sus brazos así se lo anunció. Sus ojos ya más acostumbrados a la penumbra, pudieron verla mejor. No se sorprendió al comprobar que era su pequeña flor. Se acercaba a él llevando una bandeja que depositó en la mesita que había a su derecha.


- Mi pequeña flor…. eras tú…


Ella le sonrió y le sirvió te en un vaso de cristal finamente tallado.


- Té para mi amo.


- Dame y enciende unas luces para que te pueda ver bien, quiero deleitarme con tu hermosura.


- Sí, mi amo…. enseguida.


El la observaba moverse, frágil, ligera, como si sus pequeños pies no tocaran el suelo… La deseaba, cada poro de su piel la deseaba. Fuera comenzaron a sonar los tambores y los cánticos de sus hombres que sentados junto a los fuegos esperaban las viandas que las mujeres se afanaban por preparar. La vio regresar y arrodillarse a su lado.


- Baila para mí.


Ella se levantó y comenzó a moverse al compas de la música que sonaba fuera de la jaima. Sus movimientos eran sinuosos y sensuales como los de ninguna otra mujer que hubiese bailado para él. Sus torneados brazos morenos de sol se movían en el aire formando arabescos imposibles y sus caderas…. Sus caderas se movían inquietas ofreciéndose a él voluptuosas. 


Se acercaba a él rozándole con sus delicadas manos el cuerpo….. Besando con un roce de los labios sus labios….. Para alejarse de él al instante. Su cuerpo cimbreando en el aire como un junco al viento…. Su pelo ondulado y sedoso, negro de noche….. Sus ojos color de miel que brillaban con luz propia…. No podía más, necesitaba sentir su cuerpo, acariciar aquella piel canela, besar aquellos labios rojos y jugosos que se adivinaban tras el velo, estrechar entre sus manos aquella cintura de ensueño y aquellos pechos que adivinaba con sabor a miel.


Sus ojos la seguían mientras danzaba y su cuerpo, su piel y todo su ser respondía a la llamada del deseo por ella. Cuando ella pasó de nuevo a su lado y se inclinó sobre él como si fuese a besarlo, él la agarró con firmeza por la cintura y la atrajo hacia su lecho de cojines.


Ella se debatía en sus brazos. Aún quedaban atisbos en su alma de rebeldía y eso le enardecía más a él.


- Estate quieta, no trates de escapar de tu destino, eres mía y no te dejaré huir…


Ella pareció entender…. O quizás, no tuviese intención de escapar realmente de su poder y con un gemido dejo de forcejear con él, quedándose estática y sin saber qué hacer. Sin duda tenía miedo y él no quería eso, no quería que le tuviese miedo, quería que le deseara tanto como la deseaba él.


Las manos de él comenzaron a acariciar despacio aquellos brazos sin dejar de mirar aquellos ojos que le hipnotizaban. Suave, utilizando apenas las yemas de los dedos para ascender y las uñas para descender por ellos otra vez. Ella volvió a moverse y él inmovilizó su cuerpo poniendo su pierna derecha entre las de ella y cargando parte de su peso sobre ella. Despacio le quitó el velo, descubriendo así la totalidad de su rostro…. Ese bello rostro que había imaginado tantas noches desde que la capturó. Se quedó extasiado observando la perfección de sus rasgos. Sus ojos que brillaban a la luz de las antorchas, su fina piel canela clara, más clara que el resto de su cuerpo…. y su boca tan roja y carnosa que se entreabría como una rosa

ofreciéndose a él.


Como poseído por la pasión atrapó aquella boca con su boca. Mordió aquellos labios jugosos, introdujo su lengua dentro de aquella boca, luchando por abrirse paso entre aquellos dientes blancos como perlas, mientras su mano derecha acariciaba la pierna de ella sobre los velos de seda que la cubrían. Subió por su muslo hasta detenerse unos segundos en su cadera, donde el cuerpo de ella asomaba puro y libre del impedimento de las sutiles telas. Su mano siguió jugando con el abdomen de ella, cada vez más cerca de su pecho, mientras su boca se entretenía ahora con las orejas diminutas y el esbelto cuello de la esclava.


La pasividad de ella y el temor que reflejaban sus ojos le enardecieron aún más. Arrancó el sostén que cubría sus pechos de un solo tirón y su mano tomó posesión de sus delicados pechos. Los estrujo sin piedad, haciendo que de los ojos de ella brotaran lágrimas, pero ni un solo gemido salió de su boca. Abandonó su cuello y dirigió su boca a la cima de aquellos pequeños montes y jugó con su boca haciendo que el cuerpo de ella se estremeciera de placer por primera vez. Se situó entre sus piernas separándolas y se arrodillo ante ella, lo que le dejaba más libertad de movimientos y aprovecho para rasgar los velos que cubrían la parte inferior de su cuerpo y dejarla totalmente desnuda.


Ella intentó incorporarse y él la detuvo con una sonrisa en su boca. Depositó un suave beso en su boca y le indico que se tumbara de nuevo y le dejara hacer, que no temiera nada. La adoro unos momentos….. Era hermosa, muy hermosa.


Sus manos moldearon la figura de ella con miles de sabias caricias…. Su boca y su lengua dibujaron el perfil de sus formas de mil maneras… Besó y lamió cada uno de los dedos de sus manos y sus pies y por fin su boca llegó a la fuente del placer supremo. Su lengua buscó entre sus labios vaginales, adentrándose en ellos, aquel botón de placer escondido en sus pliegues que él sabía que la llevarían al éxtasis.


Ahora ella se debatía entre sus brazos presa de un fuego interno que nunca antes había sentido. No entendía que le sucedía, pero pedía a Ala en silencio que no se detuviera. De su boca se escapaban gemidos entre cortados y palabras inconexas y a la luz de las antorchas su piel brillaba perlada de sudor….


Él seguía chupando y lamiendo su clítoris mientras sus manos no dejaban de acariciar y pellizcar sus pezones. Ella vio estallar así dos veces el cielo ante sus ojos y él seguía con sus caricias….


Ahora nuevamente estaba sobre ella….. Besándola en la boca…. Ella sentía su peso aprisionándola y hubiera querido gritarle que no escaparía, que quería más, mucho más.


Respondió a sus besos y por primera vez sus tímidas manos se atrevieron a tocar el cuerpo de él. Torpemente, sin saber muy bien qué hacer, pero urgida por una fuerza que nacía del interior de sus entrañas, de aquel fuego que quemaba y ardía entre sus piernas. Él agradeció el contacto pidiéndole que no parara y ella se aventuró más, tanteando en su ceguera dirigiendo sus manos al centro de su ser.


Sus manos pequeñas tomaron el pene de él y fue dulce su contacto. Delicadas manos, suaves, deliciosas, que acariciaron con cuidado cada centímetro. Pero aquel cetro de rey, quería más… llevaba mucho tiempo dispuesto para la batalla final, con una erección que ya dolía y delicadamente él, tomó las manos amadas y las sujeto con fuerza sobre la cabeza de ella. La miró a los ojos y de una sola embestida, aquel ariete derribó la virginidad de ella.


El dolor atravesó la mente de ella como un relámpago azul. Y grito… grito de dolor…. grito de miedo… Mas él, quieto dentro de ella, dándole un respiro, volvió a tranquilizarla con sus besos, lamiendo sus lágrimas, besando de nuevo sus pechos, hasta que ella dejó de llorar y sus gritos se convirtieron en suspiros y entrecortados jadeos. Entonces él comenzó a moverse dentro de ella… Lento… Dentro y fuera… Fuera y dentro.


Ella pensó enloquecer…. el dolor quedó olvidado… Su cuerpo reclamaba vida propia, necesitaba moverse al ritmo que le marcaba él. Sus caderas se elevaban cuando lo hacían las de él, seguían el ritmo… Fuera la música tribal de los hombres pareció vibrar y retumbar y redoblar el ritmo. Los movimientos de ambos se tornaron frenéticos. Los dos cuerpos figuran ser uno sólo, subían, bajaban, se retorcían, rodaban….. Las respiraciones eran espesas y agitadas, los jadeos entrecortados, cada vez más profundos, anunciaban que el fin estaba cerca.


En un último esfuerzo ambos gritaron a la vez y su grito se confundió en la noche con los gritos tribales de las mujeres de la tribu. Un grito triunfante que se perdió en la noche… Y ambos cayeron sobre los cojines extenuados, uno junto al otro, con las manos entrelazadas, una sonrisa extasiada en sus bocas y la mirada perdida más allá del mundo conocido… cerca del Paraíso que les prometía Ala.


En la puerta de la jaima, una figura encorvada por el peso de los años sonrió satisfecha. Era la vieja esclava que le había criado desde niño y que sentía por él, el cariño de la madre que nunca llegó a conocer.



Fin




CARMEN


Bella sin alma



25 de agosto del 2008


Copyright©.2008

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Sting

Desert Rose

Por aquel entonces, cuando aún existían las salas de chat, elegí esta canción de Sting titulada Desert Rose para mi apertura y cierre en la hora diaria de radio que compartía con mis amigos. Cuantas veces me arrepentí después de haber dejado de emitir en radio por quien no lo mereció jamás, pero así es la vida y de todo se aprende.

Espero que os guste tanto como a mi y os dejéis llevar por el tono de la melodía.




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