domingo, 7 de febrero de 2016

LLEVARÉ FLORES A TU TUMBA


LLEVARÉ FLORES A TU TUMBA

Si alguien le hubiese dicho aquella mañana que aquellas humildes flores iban a tener un destino tan distinto al que él pretendía, no le hubiese creído.

Nunca le había regalado una sonrisa, ni siquiera una palabra amable. 

Nunca le había regalado flores...


Media vida juntos y sus días transcurrían en un gris silencio donde él apenas la veía ni la sentía. Se habían casado hacia tantos años que para él se había vuelto costumbre verla cada mañana al despertarse mientras le preparaba el desayuno o le colocaba sobre la cama la camisa limpia y el traje que cepillaba con mimo.

Nunca le había regalado flores... 

Jamás se pregunto si era feliz, si ella era feliz a su lado. Los días se sucedían, los años pasaban con más pena que gloria y nunca pensó que aquella rutinaria existencia pudiera tomar un rumbo tan irreal como tomaría ni que aquel impulso repentino que había sentido de comprarle flores por primera vez en sus vidas, tendría un significado que le marcaría de tal modo, que su vida dejaría para siempre de ser su vida.

Cuando salió de su casa aquella mañana se sentía un hombre distinto, casi se podría decir que renovado, rejuvenecido pese a sus años. Hoy era el día de su jubilación. Casi cincuenta años trabajando en aquella lúgubre oficina, dejándose los ojos entre montones y montones de papeles llenos de cifras, viendo pasar por sus manos billetes y cheques que otros disfrutarían. Día tras días, sin haberse permitido una baja por enfermedad ni un día de asueto, nada. Sólo trabajo y trabajo, quemando su vida y la de su familia por quien de seguro ni se lo agradecería. Pensó al cerrar la puerta de su casa, que aquel sería el principio de su nueva vida y al pisar la calle aún húmeda por la lluvia caída durante la pasada noche, respiro una profunda bocanada de aire fresco y se juró a sí mismo que todo cambiaría.

El día transcurrió deprisa. Hubo abrazos por parte de sus compañeros, palmadas en la espalda por parte de sus jefes, alguna lágrimilla derramada como sin querer por las secretarias más antiguas de la empresa. Hubo risas y felicitaciones. Pero lo mejor lo sintió cuando volvía a su hogar. Había caído en la cuenta de que nunca le había regalado a su mujer un ramo de flores ni siquiera una simple florecilla. Pese a su aparente desinterés por ella, sabía que era mucho lo que le debía, así que, decidió que aquel día le llevaría un ramo de flores que sería como una promesa de lo mucho que cambiarían sus vidas.

Pasó por la floristería y allí le vino el recuerdo del día de su boda y la visión de ella vestida de blanco caminando por el pasillo de la iglesia llevando en sus manos unas sencillas margaritas.

Era perfecto, un ramo de humildes margaritas. Un símbolo de lo que un día prometieron... La promesa de toda una vida juntos.

Cuando entró en su calle ya atardecía. El sol dejaba vislumbrar sus últimos rayos a través de los árboles del cercano parque y los altos edificios prolongaban sus sombras cubriéndolo todo con su manto, como preparando a la ciudad para su pronto sueño. Más según se acercaba al portal de su edificio, le sorprendió ver tanta gente allí arremolinada al rededor de un bulto informe que se apreciaba en el suelo.

Un escalofrío le recorrió la espalda y el corazón comenzó a galoparle en el pecho como si fuera un caballo desbocado y furioso. Algo de aquel revoltijo de ropa allí tirado delante de él la resultaba extrañamente familiar y cercano.

Las piernas comenzaron a temblarle cuando un par de vecinos se acercaron a él balbuceando palabras de conmiseración y pretendido consuelo que él no llegaba a entender. Los oídos le zumbaban cuando el jefe de policía le pregunto su nombre y le pidió que le acompañara.

Quiso morirse cuando guiado por el policía se vio frente al cadáver de su esposa, que tendido en mitad de un gran charco de sangre le miraba con los ojos aún abiertos y sin vida. 

Se quedó allí parado sin saber que hacer, sin sentir como le resbalaban las lágrimas por las mejillas a raudales ni escuchar los ahogados sollozos que se le escapaban de la garganta con cada respiración. 

En sus manos las margaritas, como un presagio que dolía.

Nunca le había regalado flores... Hasta aquel día.

Llegó el juez a levantar el cadáver y alguien le dijo que habían encontrado en su casa una nota que su mujer le había dejado a modo de despedía antes de lanzarse al vacío desde la ventana de su cuarto.

Y la nota tan sólo decía: "A mi tumba, llévame las flores que no me regalaste en vida. Llévame unas simples margaritas."

Y cayendo de rodillas, comprendió que en verdad, sí que ese día le había cambiado su vida.



Carmen

(7 de febrero del 2016)


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"Omnia mea mecum porto"
Soy todo lo que tengo









1 comentario:

  1. Me has dejado un nudo en la garganta... no se que decir, no lo se sinceramente... este relato es mucho mas que un relato, se siente demasiado real, al punto que logras confundir , o fundir la realidad y la ficción. Eres simplemente.. ! ADMIRABLE.!!. Bendita sea tu hermosa inspiración.. Dd.S

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