Ella espera impávida lo que jamás habrá de tornar y recuerda, recuerda otras esperas cargadas de apasionada impaciencia, cuando deshacía minutos, tejiendo y destejiendo el tiempo que aún faltaba para llegar.
Ella espera y piensa y sueña con los ojos abiertos esperando el breve y preciso momento de su final. Contempla su vida a paso lento. Una vida que se deshilacha por momentos, cargada del polvo del dolor y el miedo...
Miedo infinito a la eterna a la soledad. Soledad con que teje la mortaja que la cubrirá.
Ella espera... Porque esperar es lo único que le queda. Esperar que llegue la muerte y le arranque el último aliento que le queda y ponga así fin a la espera de tanto esperar.
Cuando hayas comprendido que el verdadero amor...el que libera el alma, trasciende tiempo, distancia, presencias o ausencias, está por encima del bien y del mal...
Cuando no necesites a alguien físicamente presente para sentirte pleno, y sentientas que puedes amar, sin condicionamientos ni expectativas...
Y es que a veces soy vacío y a veces soy nada. Sin identidad ni rostro, anónima, por todos y de todos olvidada. Y me encojo, me enrosco sobre mi misma, como esas flores nocturnas que se resguardan del alba. Y la luz me molesta y me molestan las miradas y me resguardo en el silencio oscuro de la negra noche que me habita y en ese mismo silencio ahogo mi alma en lágrimas.
Sí, ya sé que aquí es primavera, no me volví loca, no ... Bueno, aún no ... O eso creo ...
El Caso es que extraño el otoño, el tuyo y el mío. El pasear juntos pisando las hojas muertas que crujen bajo nuestros pies como quejándose en un último intento por no desfallecer, no sucumbir, no desaparecer. El tumbarnos bocarriba en el claro del bosque donde se ha colado el sol como un furtivo entre las nubes que viajan deprisa, deprisa, como si llegaran tarde a una cita con su amado.
Extraño el fuego de la chimenea, y la taza de té humeante que me preparas para que temple mis manos heladas... Y la mantita de cachemir con que me cubres mientras contemplamos el estallido de oros y ocres en los árboles que atisbamos por la ventana que da a las montañas.
Y extraño las frías gotas de lluvia de que el viento repentino arranca a las nubes. Siempre pensé que eran lágrimas derramadas por el verano perdido ... Pero esas Lagrimas a mí me hacen sonreír cuando las siento caer sobre mi piel y no sé por qué, siempre me hacen pensar en la calidez de tu abrazo.
* La obra que he utilizado para ilustrar mi poema es un oleo de un joven pintor mexicano, Victor López Esteva, quien amablemente me dió permiso para que la utilizara y a quien le agradezco enormemente el detalle.
Victor López Esteva, nace en la H. Cuidad de Juchitán de Zaragoza Oaxaca el 25 de octubre de 1984. Eso dice su perfil en su página web y aquí os dejo el link de la misma para que podais apreciar y disfrutar de su obra: http://www.artistasdelatierra.com/artistas/romeovle/galeria.html
El viejo despertador de siempre entonó su alegre timbrar tan de repente, que su corazón se aceleró hasta casi salírsele del pecho. Tanto tiempo, tantos días escuchando sus "gritos", que era lo que a ella le parecía aquel timbre y nunca llegaría a acostumbrarse a su sonido.
Había sido la noche más espantosa de todas las que recordaba desde que podía recordar. Alargo una mano pesada como plomo y tanteando la mesita de noche logró poner fin a la pesadilla que le taladraba los oídos y le estaba haciendo puré el cerebro.
Tumbada bocarriba sobre su cama y con los ojos aún cerrados, trató de centrar sus pensamientos que aún permanecían en algún lugar de sus sueños. Polvorientos y pesados como viejas telarañas. Pero había algo que aún se le escapaba... Si pudiera recordar...
Sentía la apremiante necesidad de saltar del lecho y un atisbo de euforia febril parecía querer asaltarla. Quería moverse y le era imposible, como si miles de manos ajenas la sujetaran entre las sabanas.
El nerviosismo comenzó a adueñarse de ella... Tenía que pensar, tenía que pararse a pensar que le pasaba...
En un esfuerzo comenzó a repasar entre mentalmente y de viva voz lo que sabía.
- A ver... Me llamo Amelia... Tengo 28 años... Soy abogada... No tengo ningún caso pendiente... Bueno, eso si no contamos con el de ese joven que vino a verme el otro día y que quería demandar a su amada porque esta ya no le quería... Pobre... Tan joven y colgado de quien no le ama...
Los minutos pasan y a lo lejos comienzan a escucharse sonidos de carreras y pisadas; ecos de voces que no podía entender; risas, quejas... Un batiburrillo que iba in crescendo y amenazaba con asfixiarla.
Abrió los ojos. Dos lagos azules de profundas aguas mansas.
Un rayito de sol, seguramente que el primero, se filtró por la ventana y se posó con suavidad de mariposa sobre su nariz haciéndola bizquear. Sonrió a la nada y volvió a repetirse:
- Me llamo Amelia... Tengo 28 años... Soy abogada...
El repiqueteo de unos nudillos nerviosos en la puerta del cuarto la saco abruptamente de sus ensimismados pensamientos.
- Amelia, no has visto que hora es? Haz el favor de levantarte o llegarás tarde a la peluquería y eres la primera.... Vamos, el café te aguarda.
La voz amada de su madre la hizo saltar de su nube al suelo en un tris. Todas sus dudas quedaron disipadas. Se llamaba Amelia, tenía 28 años, era abogada... y hoy se casaba con el amor de su vida.
- El amor de mi vida?
Qué raro sonaba eso...! Alfredo era mas bien... ¿Cómo lo diría...?
Alfredo era un buen hombre al que conocía desde hacía tanto tiempo, que ya era costumbre en su vida. Sí, eso era... Costumbre... Aunque no le amaba, amaba la seguridad confortable que este le ofrecía. Y hoy se casaría con él y sería feliz a su modo durante toda su vida.
Se sentó al borde de la cama sin tener aún el valor de mirar el espléndido vestido de novia que colgado en su vestidor parecía mirarla... ¡Era tan hermoso! confeccionado con todo detalle y todo mimo por manos expertas sólo para ella. Era una replica perfecta del vestido que uso su querida abuela el día de su boda. Se puso en pie de un salto, respiro hondo, saludo al nuevo día con la mejor de sus sonrisas y se encamino a la puerta del cuarto llena de renovado vigor.
- ¡Hoy va a ser un gran día! ¡El mejor día de toda mi vida!