Siempre supo que jamás sería única ni especial para nadie; que la única luz que podría iluminar su camino, la apagaría una ráfaga de viento en una tarde de tormenta y aunque ella misma trato de engañarse, también supo desde siempre que su destino era andar aquel camino con la sola compañía de su soledad.
Soledad se fue de este mundo como vivió, haciendo honor a su nombre, en la más estricta de las soledades.
Nunca se la pudo ver en compañía de nadie. Jamás se la vio hablar con nadie. Siempre sumida en las sombras de sus ropas oscuras, con un pañuelo cubriéndole la cabeza, con su arrastrar de las zapatillas de paño con las que invariable, sin importar si hacia frío o hacia calor, calzaba sus pies. La cabeza gacha, sin osar mirar a nadie y ese rumor de letanía en sus labios, palabras inarticuladas que repetía para si misma y que nunca nadie se paró a escuchar el verdadero significado de lo que decían.
Algunas veces me la cruce en la calle cuando iba a trabajar. Pequeña y frágil, envuelta en un largo gabán lleno de mugre y color indefinido, cargando bolsas enormes cuyo contenido nunca llegue a vislumbrar. En esas ocasiones, recuerdo haberla saludado con un buenos días a los que ella correspondía con un gruñido que quise identificar quizás con otro buenos días de regreso para mi. Reconozco que jamás me pare a meditar que hacia aquella anciana a horas tan tempranas deambulando por las calles aún vacías de una ciudad como la mía, donde el peligro acechaba en cada esquina. Tal vez, por breves instantes, pasaba por mi mente la sensación de abandono y vacío que se desprendía del frágil cuerpo de aquella anciana, pero aquellos instantes tan breves, morían apenas nacían devorados por la vorágine de mi vida y mis propios problemas.
La vida seguía y yo continuaba mi camino sin volver a recordar mi encuentro mañanero con la anciana.
Ni siquiera puedo recordar hoy cuando fue la primera vez que la vi regresar de madrugada a su casa ni cuando fue la última vez. Tan anodina, que pasó por la vida sin que nadie la echara en falta. Si me hubieran preguntado, tan sólo hubiera podido decir que vivía en el bajo derecha y que no, que no sabia si estaba en su casa o se había marchado. Tampoco creo que el resto de vecinos supiera mucho más de lo que yo sabia. Somos una comunidad de residentes alternativos que va cambiando cada poco dado que la mayoría de los pisos son alquilados y somos muy pocos los que podemos presumir de llevar en el edificio el tiempo suficiente como para conocer las vidas, obras y milagros de los que allí moran.
Por eso nadie se extraño ni echo en falta a Soledad. Cada cual vivía como podía su día a día y no se preocupaba del día a día de los demás.
Desde hacia unos días, se apreciaba al entrar en el portal, cierto tufillo indefinido para el cual nadie tenia explicación, pero que todos asumían y del cual culpaban a las alcantarillas próximas, resecas por la falta de agua. La falta de lluvia que lavara las calles o la falta de riego de las mismas calles por culpa de la pertinaz sequía de aquel largo verano, parecía la explicación más lógica para justificar la presencia de aquel mal olor que parecía reconcentrarse en el vestíbulo del edificio.
El calor sofocante de aquellas semanas sólo contribuyó a que el mal olor aumentara y entre los vecinos se fue extendiendo la preocupación sobre su origen y el malestar por lo inconveniente que resultaba el no poder abrir las ventanas de sus casas por no dejar entrar por ellas el pestilente hedor que iba en aumento. Pero nadie reparó o quizás todos nos habíamos percatado y nuestras mentes anularon la información, de que el olor era mucho mas pertinaz y nauseabundo cuando al entrar en el portal y dirigirnos al ascensor, pasábamos junto a la puerta, siempre cerrada, del piso de la anciana Soledad.
Alguien, supongo que el presidente de turno de la comunidad, dio aviso al administrador de la finca sobre lo insoportable que se estaba volviendo la situación y lo descontentos que estaban los vecinos. Y una tarde el mismo administrador y el dueño del edificio, se presentaron allí acompañados de varios agentes del departamento de sanidad del ayuntamiento, dispuestos a resolver el enigma del mal olor que nos había ido ganando el terreno hasta hacernos la vida insoportable.
Revisaron detenidamente sótano, garaje, escaleras, hueco de ascensor. Repasaron las bajantes desde el último al primero. Pero por algún motivo que se escapa aún a mi comprensión, todos parecían evitar aquel bajo derecha como si el piso de la anciana no existiera o como si ante sus miradas y narices, se hubiera vuelto invisible como invisible era para todos su dueña.
Llamaron a los bomberos, que llegaron acompañados de perros dispuestos a descifrar el misterio y poner fin a aquella situación.
En cuanto los animalitos, más listos o con menos prejuicios que los humanos, entraron en el edificio, corrieron como locos hacia aquella puerta inadvertida por los demás mientras arrastraban a sus guías en el proceso revelador de descifrar la procedencia del mal olor.
Todo se volvió locura a partir de ese momento. Preguntas sobre quien vivía allí, quien la había visto por ultima vez, cuándo, cómo, con quién... Nadie sabía nada... Nadie la había visto por ultima vez... Nadie recordaba ni cuando, ni el cómo, ni el con quién. Los bomberos llamaron a la policía, la policía llamo al juez de turno, el juez ordenó a los bomberos derribar la puerta del bajo derecha y lo que hallaron tras esa puerta, dejó a todos tan estupefactos que nadie pareció percibir el nauseabundo olor que emanaba del interior de la vivienda.
Las bolsas de basura se apilaban contra las paredes del corredor formando un pasillo aún más oscuro y estrecho y una miríada de cucarachas emergió de las profundidades de aquel basurero improvisado como si en realidad agradecieran aquella bocanada de aire puro que al derribar la puerta les habíamos regalado y corrieran en busca de su salvación.
Síndrome de Diogenes, ese fue el veredicto de los paramédicos del SAMU cuando fueron llamados por el juez.
Se necesitaron varios camiones del recogida de basuras del ayuntamiento y personal especializado en el desalojo de desperdicios hasta encontrar a la anciana Soledad muerta entre las bolsas de basura y trastos inservibles que durante años había ido atesorando en su desvarío.
Entre los vecinos que curiosos nos habíamos congregado, una mezcla de pena y estupor, de culpa por haber ignorado la evidencia, pareció tomarnos al asalto y dando media vuelta sobre nuestros pasos, corrimos a esconder nuestra vergüenza cada uno acompañado de sus propias soledades y un pacto invisible de silencio se instauró en el edificio y entre sus habitantes que aún, a día de hoy, tratamos de olvidarnos de lo sucedido.
Que aún tratamos de no mirar la puerta del bajo derecha, bajando la mirada cuando pasamos a su lado camino del ascensor...
*Mercedes Laborda Gimeno: Nace en la ciudad de Tánger, en 1957. A los dieciocho años abandona su ciudad natal y se traslada a Barcelona para continuar sus estudios superiores.
Ejerce de profesora de escuela primaria ,vocación que comparte con la pintura.
En este mundo del arte se inicia de la mano de su padre, tiene una formación autodidacta. Sus primeros trabajos abarcan el dibujo y la caricatura. Posteriormente experimenta con la pintura figurativa y finalmente muestra una inclinación principalmente hacia el retrato.
Su estilo realista , pone en el centro de su obra al ser humano e invita al observador de sus pinturas a reflexionar sobre temas que preocupan a nuestra sociedad. Estas cuestiones tales como la libertad , la violencia... en ocasiones adquieren expresión meramente simbólica.
* El conocimiento de este poema y este poeta me llegó de la mano de un Ser muy especial, al cual agradezco los desvelos y los esfuerzos que siempre hace por arrancarme una sonrisa que me ayude a seguir.
Et qui pour tes grands yeux tout aussitôt moururent
Il n'y a pas d'amour heureux
Le temps d'apprendre à vivre il est déjà trop tard
Que pleurent dans la nuit nos cœurs à l'unisson
Ce qu'il faut de malheur pour la moindre chanson
Ce qu'il faut de regrets pour payer un frisson
Ce qu'il faut de sanglots pour un air de guitare
Il n'y a pas d'amour heureux
***
NO HAY AMOR FELIZ
Poema de:
Georges Brassens*
Nada es seguro para el hombre. Ni su fuerza
ni su debilidad ni su corazón. Y cuando cree
abrir sus brazos, su sombra es la de una cruz,
y cuando cree abrazar su felicidad, la rompe.
Su vida es un extraño y doloroso divorcio.
No hay amor feliz.
Su vida se parece a la de esos soldados sin armas
a los que se había vestido para un destino distinto,
para qué puede servirles levantarse por la mañana,
a ellos, a los que reencontramos por la tarde desarmados, inseguros.
Di estas palabras vida mía y retén tus lágrimas.
No hay amor feliz.
Mi bello amor, mi querido amor, mi desgarrón,
te llevo en mí como un pájaro herido,
y esa gente, sin saber, nos miran pasar
repitiendo tras de mí las palabras que he trenzado.
y que por tus grandes ojos murieron tan pronto.
No hay amor feliz.
El tiempo de aprender a vivir ya ha pasado,
que lloran en la noche, nuestros corazones, al unísono,
la desgracia que es necesaria para la más pequeña canción,
los penas que son necesarias para pagar un estremecimiento,
los sollozos necesarios para una música de guitarra.
No hay amor feliz.
Poema de:
Georges Brassens*
* Georges Brassens
(1893/10/22 - 1981/10/30)
Cantante y poeta francés.
Nació el 22 de octubre de 1893 en Sête (Francia).
Mal estudiante, se vio mezclado en un caso de robo que fue la comidilla de la pequeña ciudad, y su familia lo envió a la casa de una tía que vivía en París. En 1940 trabajó en para la empresa de automóviles Renault. Después, durante la guerra, fue enviado a Berlín, Alemania, para para realizar trabajo obligatorio en la compañía BMW . Durante un permiso huyó a París, donde tuvo que esconderse hasta la liberación de la capital francesa en 1944.
Tomó parte del movimiento anarquista y comenzó a publicar sus poemas. Exponente de la chanson francesa, en 1952 se produjo su debut como cantante y actuó en varios cabarets. Aunque en principio sus canciones escandalizaron por su contenido, pronto ganó el reconocimiento y la comprensión del público. Aparte de sus propias canciones, también trabajó con poemas de Paul Fort ("Le petit cheval") y François Villon ("La ballade des dames du temps jadis"), a los que puso música. Entre sus mejores canciones se encuentran "Quand Margot", "Mon pote", "Le gitan", "Toi l'auvergnat" y "La canne de Jeanne".
Le concedieron en 1961 el Premio Charles Cross y en 1967 el Grand Prix de poesía.
Georges Brassens falleció el 30 de octubre de 1981, en Saint-Gély-du-Fesc (sur de Francia).
"YO TE OFREZCO ...MI MUNDO ...MI SOL Y MI NOCHE...YO TE OFREZCO EL GRIS DE UN PASADO... SIN TÍ" Así empieza esta hermosa canción de ADAMO,y eso es lo que más de uno o una ofrece a esa persona que adivinamos que es nuestra alma gemela...¿verdad?. Por Amor, lo damos TODO....¡Ah el Amor!.
Él solo le supo regalar decepción, una mentira cobarde tras otra mentira, la desilusión más grande que ella jamás hubiera sospechado que podría regalarle.
Él hizo lo único que sabia, lo único para lo cual servia en realidad... Huir de ella, de su amor y de si mismo. Y mientras lo hacia, para justificar su cobardía, sólo se le ocurrió acusarla de traicionarle.
¡Pobre diablo! Se fue, escudándose en sus propias mentiras, creyéndose sus propias historias, pensando que terminaría con ella para siempre... Y no alcanzó a darse cuenta de que lo único que conseguiría, sería hacerla más fuerte.
Decepcionada, sin ilusiones... Sí, pero viviendo realidades. Agradecida de la lección aprendida y por la cual, no volvería en el futuro a cometer los mismos errores.
"El problema no fue que yo no creyera más en ti. El problema comenzó en el mismo instante en el que tu me fallaste por primera vez prometiéndome cosas que jamás lograste cumplir; la primera vez que me decepcionaste y que debió ser la vez que yo pusiera fin a una historia que a la larga me has demostrado que jamás debimos escribir."
- ¿Quieres que nos divirtamos un rato?.- Pregunta él con fingido pudor.
- ¿Cuánto durara la diversión?.- Indaga ella con picara sonrisa.
- Lo que dure dura.- Responde él aguantando la risa.
Ella le mira fijamente sopesando las probabilidades del fallo, asiente en silencio, como respondiéndose a la pregunta mental que solo ella conoce y tomando su bolso, extrae una pequeña pastillita azul que le dio su amiga Azucena por aquello del "por si acaso" mientras le contaba los milagros del fármaco en cuestión.
Se vuelve hacia él, abre la mano, le muestra el tesoro que encierra y con candorosa sonrisa le dice:
- Entonces, hagamos que dure dura por mucho, mucho rato.
Hoy se mucho más de lo que sabia ayer. Se por ejemplo, que en nada cambia la suerte que nos toca, el correr del tiempo. Que si naciste para perder, jamás ganaras por muy grande que sea tu esfuerzo. Que si el destino se burlo de ti una vez, volverá a burlarse otra y otra y otra vez más hasta el fin....
Sí, hoy se mucho más de lo que sabía ayer. Se por ejemplo que no bastan unas cuantas pastillas para morir. Que hacerlo sin pensar, sin apenas tiempo, es como no desear eso del morir. Que para querer morir, se ha de sentir que ya se esta muerto antes de intentarlo. Que se ha de bajar hasta el infierno del dolor más negro y amargo. Que nada te ata al suelo si quien tu deseas no esperara verte despertar de ese sueño pesado...
Si... Hoy ya todo eso lo aprendí... No es fácil lograrlo...
No es fácil y aún así... Volveré a intentarlo y esta vez, esta vez se que lo voy a conseguir.