Una de las mejores obras del poeta, novelista y cantautor canadiense Leonard Cohen.
Detrás de tan bella canción se encuentra la triste historia que le sirvió de inspiración.
Cuentan que en algunos campos de concentración, al lado de los hornos crematorios, un cuarteto de cuerdas tocaban presionados mientras sus compañeros eran asesinados y quemados.
De aquí que la frase "Bailando llévame hasta tu belleza con un ardiente violín" puede interpretarse como el camino a la muerte o también podría pensarse como la entrega a la persona amada.
Todo depende de la imaginación sublime del oyente.
El hombre no puede sostener mucho tiempo al hombre,
ni tampoco a lo que no es el hombre.
Y sin embargo puede
soportar el peso inexorable
de lo que no existe.
Roberto Juarroz*
(Poesía Vertical)
*Roberto Juarroz: Poeta y ensayista argentino nacido en Coronel Dorrego, provincia de Buenos Aires, en 1925.
Graduado en Bibliotecología y Ciencias de la Información por la Universidad Nacional de Buenos Aires, se especializó en la Sorbonne, y desde entonces, fue ensayista, traductor y crítico literario, colaborando en diversos medios de su país y del extranjero.
Miembro de número de la Academia Argentina de Letras y catedrático universitario por más de treinta años, recibió numerosos premios, entre los que se destacan, el premio Esteban Echavarría en 1994, el premio Jean Malrieu de Marsella, y el premio de la Bienal Internacional de Poesía, en Lieja, Bélgica, en 1992.
La parte más importante de su obra, está reunida en un volumen numerado bajo el título de Poesía Vertical.
Tenía por costumbre comenzar a leer los libros por el final y lo que leyó fue tan gris y tan triste, que jamás llegó a leer el resto del libro de su vida.
Contaban las ancianas de lugar, que cuando Aïsha llegó al mundo, su llanto no fue un llanto normal, sino que se asemejaba más a la risa cantarina de una cascada o al gorgoteo de la lluvia cuando estallaba la tormenta en mitad del desierto.
Aïsha fue luz y fue alegría desde el primer momento. Fue dicha y torbellino vivo. Donde ella estaba, la vida renacía, florecía, vibraba. Para sus padres era su más preciado tesoro. Todos los caprichos eran pocos para la niña de sus ojos y ella no pedía nada en realidad. Ni joyas, ni vestidos hermosos, tan sólo pedía que la dejaran libertad para volar.
Niña bonita que se convirtió en joven hermosa. Codiciada y deseada por los grandes señores del lugar, a los que aprendió muy pronto a esquivar y rechazar.
Hasta que un día aciago entre todos para la joven, fue el mismo sultán el que habiendo llegado de incógnito a la casa de su padre, fijo sus ojos en ella y quedó prendado de su beldad. No pudiendo quitarse los ojos de Aïsha de su mente ni su voz dulce del corazón, un mes después la desposaba casi a la fuerza, por designio divino y mandato humano bajo la amenaza de muerte a los suyos, la deshonra y el deshonor.
Era una noche serena. La gran luna llena se reflejaba en las aguas del estanque y el murmullo de las fuentes ponía una nota musical a la caricia del viento. El perfume del jazmín se confundía con el aroma de los arrayanes, marcando la esencia de los jardines de una fuerte sensualidad. Aïsha languidecía entre almohadones de seda sumida en una honda tristeza, mientras el sultán le prometía un cielo cuajado de diamantes que brillaran como estrellas, tan sólo para ella.
Y a cada promesa de él, una lágrima de ella brotaba de sus negros ojos y un dolor profundo le iba pintando profundas ojeras y desdibujando la sonrisa de sus labios hermosos.
Y entre susurros esta conversación de los esposos se oyó:
- ¿Qué deseas? ¿Qué puedo darte? Mi vida diera porque tu me amases, mi oro porque me quisieras. Todo, todo te lo doy.
- No quiero barrotes de oro ni cadenas de diamantes que cortan mis alas. No quiero un amor que me quiere esclava, que me mantiene prisionera y me mata de dolor.
- ¿Qué deseas?
- Deseo ser libre. Libre para soñar. Libre para pensar. Libre para creer. Deseo bailar en un rayo de luna, bañarme en el agua fresca de las fuentes, danzar con el viento y ser ligera y sutil como el perfume de una flor.
- Darte eso sería perderte y si te pierdo, moriré de dolor.
- Entonces aprende a amar la muerte, lo mismo que la amo yo.
Y sacando de entre sus velos una delicada daga, la joven Aïsha en su pecho la hundió.
Gritos desgarrados acallan el croar de las ranas y el alegre cri-cri de los grillos. Aïsha, agoniza en sus brazos y el sultán se muere con ella a cada estertor.
Y cuentan las viejas del lugar, que en noches de luna llena, a aquellos amantes que miran su reflejo en los estanques, ven a la joven y bella Aïsha danzar. Libre como la brisa, persiguiendo el aire, oliendo a jazmínes... a arrayanes... a azahar. Y el viento murmurar entre los árboles: "El amor es libre... Nada lo puede forzar."
*La imagen que acompaña mi humilde relato, pertenece a José Miguel Costa Esteban, al que desde aquí le agradezco el detalle que ha tenido al darme permiso para utilizarla.
De sí mismo, Jose Miguel nos dice en su blog:
“Artista nacido en Barcelona el 10-12-1971.
Cursó el ciclo formativo de Artes Aplicadas al Muro en la Escola Massana de su ciudad natal.
Actualmente esta formándose en la Universitat Autónoma de Catalunya, en la carrera de Historia del Arte.
Mi obra comprende diversos temas, que iré insertando en diferentes blogs enlazados. La Galería Oscura pretende ser una muestra de toda mi pintura relacionada entre otros temas, con el paisaje, el mundo árabe, el onirismo, el retrato, y también con la literatura y el cine de terror, y muy especialmente he querido reflejar en ella mis miedos y mitos cinematográficos. Mi trabajo procura ser un enfoque de mi fantasía, y una forma de ver, temer siempre, y en muchos casos, humanizar lo monstruoso. lo que se nos parece en su monstruosidad, también es temible.”
Yo os invito a visitar su blog e ir descubriendo a un magnífico artista y su gran obra:
A veces pienso que sí, que lo mío es sufrir... De ahí ese pensamiento... Será que tengo alma de bolero...
Alma desgarrada por la tragedia de amar a destiempo, de dar sin recibir, se sembrar rosas y recoger espinas. Como una tragedia griega... Alma de bolero... Quizás por eso desde siempre, desde niña, esas canciones entre tristes y románticas me cautivaron. Quizás porque desde siempre me sentí identificada...
Será por eso, por lo mismo que nos canta Ana Belén y Antonio Banderas en este video:
“Querer como te quiero
no va a caber en ningún bolero
te me desbordas dentro del pecho
me robas tantas horas de sueño
me miento tanto que me lo creo…”
Pinturas de Carrie Vielle
No sé porqué te quiero - Ana Belén & Antonio Banderas
O tal vez el amor es la misteriosa melodía convertida en sentido bolero que roza mi alma apretando la congoja en mi pecho con mano de acero... Que rompió todos mis sueños, dejándome vacía y yerta por dentro. Abandonada en medio del delirio de las ilusiones rotas que va borrando el tiempo.
El amor es un misterio.
Cuanto más tratamos de dividirlo,
más se multiplica y si tratamos de
arrancárnoslo del pecho,
más clava sus raíces en nuestra alma.
Pinturas de Jean Pierre Monange
Música de L.Einaudi
Love is a Mystery - Tema de "Dr Zhivago"
No se... Será que tengo alma de bolero... O de tango venido a menos... Rotas las ilusiones, marchitos los sueños, pisoteado hasta la muerte el deseo... Nada queda si no los falsos juramentos que el tiempo ha vuelto lamentos y que van borrando mis lagrimas mientras las arrastra, como hojas secas de otoño, el viento.
Y no sé por qué te quiero... No sé... Si tan sólo me has dado dolor, puro, blanco, inmenso.
Su declive comenzó en el mismo instante en el que le dio por comparar su vida con la llama de una vela. Sus andares por el camino, siempre habían tenido la femenina sinuosidad del movimiento oscilante de caderas de esa llama que veía crecer y menguar en la palmatoria de su cuerpo errante. A veces tímida, a veces provocadora siempre insinuante. Diciendo mucho sin abrir la boca, más dejando a su cuerpo hablar con el mudo lenguaje que sembraba deseos inconfesables a su paso.
Nunca prendió en los demás ningún fuego importante. Pasó frente al mundo sólo siendo una llamita oscilante con pretensiones de hoguera. Jamás obtuvo ninguna cosecha de su siembra muda, tan sólo quizás, algún atisbo de mirada ciega posada en el derretir continuo e inexorable de la cera de su cuerpo que iba derritiendo con el tiempo su firmeza, consumiendo sus sueños, acabando con la luz de su mirada y sabiendo poco a poco que su destino era quedar completamente fría y ciega.
Fue ese el motivo que la llevó a sentarse frente al espejo, a la sombra de esa vela. Allí dejó pasar el tiempo, prolongó los minutos, absorbió todas las penas que amenazaban con asaltarle los ojos y cuando apenas restaba un hálito de cera, se dispuso a ser humo perfumado de iglesia.
Y se apagó... se apagó dejando la sombra de su cuerpo reflejada en el espejo de la eterna espera...
Él vagaba cada noche en busca de una presa, una víctima propicia e inocente a la que seducir. Un ángel perdido en el mundo oscurecidos por las sombras. Hacía mucho que no encontraba a nadie así, con la pureza suficiente para considerarla una conquista y otra marca más en su astada testa.
Cada anochecer dejaba el refugio seguro de su guarida y salía del submundo a un mundo aún peor que el que él conocía. Un mundo donde el ruido y los humos pestilentes de maquinas infernales lo llenaban todo. Estaba cansado de tanta pantomima. Siempre era lo mismo, la misma rutina. Le robaba la ropa al primer borracho que encontraba tirado en la calle y con ello asumía la identidad del
mismo. Siempre se topo con pobres seres sin futuro ni fortuna, pero aquel día se dijo que su suerte iba a cambiar.
Decidió arriesgarse y probar otra alcantarilla para alcanzar el exterior. Se sorprendió en el mismo instante de levantarla... no había ruidos ni luces cegadoras ni gente yendo y viniendo con prisa. Asomó un poco mas y el silencio y la noche lo envolvió. No sabía dónde estaba, sólo veía casas sin luces tras
altas tapias y una calle vacía. A lo lejos ladraba de forma ocasional algún perro y nada más. Desalentado se sentó entre suspiros en un banco sin saber qué hacer y entonces le vio subir la calle; alto, atlético, bien parecido, bien vestido, un tipo elegante. Se desvaneció en el aire para no ser visto y cuando el desprevenido viandante se cruzó con su invisible sombra saltó sobre él desplazando muy lejos la pobre e incauta alma... Convirtiéndose en él... Y así se dispuso a conquistar el soñado mundo del horror y el pecado.
Ella, comenzó el ritual de cada atardecer. Refugiada en el lujoso ático que alguno de sus múltiples amantes le había regalado alguna vez, veía anochecer la ciudad que yacía a sus pies cansina, desde el gran ventanal. El sol perdía fuerza y se ocultaba en las sombras de la noche tras la raya de un horizonte quebrado de edificios sombríos y miles, millones de lucecitas comenzaban a aparecer en las
calles, como si de otro cielo inverso se tratase. Entonces llenaba de agua caliente la enorme bañera y añadía las esencias que sabia producirían en los hombres el encantamiento del más sublime placer. Pasaba un buen rato entre la espuma olorosa que a cualquiera hubiese embriagado y salía emergiendo como una diosa... Era hermosa, lo sabía, lo disfrutaba y se regocijaba con ello.
Vestía su cuerpo con gasas y sedas vaporosas, dejando suelto su cabello rojo fuego que resaltaba aún más sus enormes ojos verde agua que reflejaban la inocencia de una niña pequeña si no los miraban bien y salía a la incipiente noche en busca del ser que propiciamente alimentaria su sed.
Vivía en un barrio tranquilo, lejos de los ojos curiosos de la gente normal. Las calles estaban desiertas cuando comenzó a caminar. Sus pensamientos vagaban desde hacía días entre las dudas y una súbita pena desconocida hasta entonces de no saber qué hacer. Últimamente flojeaban las víctimas. La gente estaba hastiada de todo y no creía en nada. Los hombres parecían haberse vuelto todos gays. Ella desplegaba sus encantos cada noche y cada vez con más frecuencia lo único que conseguía era algún borracho. Se sentó en un banco del paseo, era extraño ¿se estaría quizás humanizando? Tenía unas ganas enormes de llorar y de repente las lágrimas comenzaron a correr por sus bien maquilladas mejillas como un río caudaloso.
Él la vio desde el otro lado de la calle. Olisqueó en el aire el aroma salino de las lágrimas de ella y se frotó las manos presintiendo su cambio de suerte. Una víctima propicia y él con aquel cuerpo nuevo; se sentía un ganador. Cruzó con paso firme y se sentó en silencio junto a ella. Extrajo un pañuelo
limpio y bien planchado del bolsillo de su carísimo traje y se lo tendió a ella mientras le preguntaba si estaba bien.
Ella no dejó de llorar aunque por dentro sonriera ante su repentina buena suerte. Tomó el pañuelo que aquel hombre elegante le tendía y de sus labios rojos como la sangre brotó entre hipidos y suspiros un: "no, no estoy nada bien".
Él calculó su siguiente paso y optó por rodear protector los hombros de ella con su brazo ofreciéndole el refugio cálido de su pecho. Ella se dejó hacer mientras redoblaba los sollozos y contenía una carcajada histérica en su interior.
Así estuvieron un rato en silencio hasta que ella, supuestamente más calmada levanto sus ojos hacia los de él y con esa estudiada mirada de inocencia le dio las gracias y ofreciéndole el reclamo de sus labios le invitó a seguirla hasta su casa.
Él ni siquiera lo pensó una vez. Se sentía hipnotizado por ella. La ayudó a levantarse y sin soltarla de su abrazo se dejó guiar. En el ático lucían montones de velas creando una cálida y erótica atmósfera y una música suave y seductora inducía a amarse. Ella le beso largamente mientras rozaba su cuerpo contra el de él. Sin tocarle, ya pudo sentir la tensa excitación que pugnaba por abrirse paso bajo la tela del pantalón de él. Sutilmente le llevó hasta el cuarto y comenzó un ritual de ropas cayendo al suelo bajo la danza sin freno de besos y abrazos. Los múltiples espejos reflejaban la imagen de ambos abrazados y amándose erizándoles aún más la ya caliente piel.
Y de repente ambos se tensaron al alcanzar la cima deseada del sumo placer, se miraron un segundo profundamente a los ojos y como lobos hambrientos se lanzaron uno al cuello del otro mordiendo y absorbiendo la maligna esencia que brotaba imparable de cada ser.
En la ceguera de sus bajas pasiones, ambos se perdieron para siempre. Sus cuerpos ardieron abrazados, juntos por siempre, inseparables, dejando tras de si tan sólo cenizas inconclusas de lo que fueron o pudieron ser.
A la mañana siguiente, la asistenta despistada se quejó en el silencio del ático por el desorden que encontró y mientras subía el volumen de los cascos por los que escuchaba música, se dispuso a pasar el aspirador borrando cualquier vestigio que hablara del fin de un incubo y un súcubo hastiados de no poder ser.