*Federico Bermúdez Ortega fue un poeta, periodista y
profesor. Nació el 29 de septiembre de 1884 y
falleció el 3 de abril de 1921 en
San Pedro de Macorís (República Dominicana).
Hijo del abogado y escritor Luis
Arturo Bermúdez, quien tuvo a cargo su educación inicial, y Carmen Ortega.
Desde muy joven mostró su patriotismo al formar parte del ejército que acompañó
al General Demetrio Rodríguez cuando éste comandó las tropas jimenistas que
penetraron a Santo Domingo desde la región Noroeste del país en 1903.
Combatió,
por medio de la oratoria y la poesía, la primera intervención militar
norteamericana al territorio nacional. Fundó, junto con Felipe Martínez, la
primera escuela primaria petromacorisana. Ocupó las posiciones de Regidor y
Secretario del Ayuntamiento de San Pedro de Macorís, Secretario de la
Intendencia de Educación de la zona Este de la República y Presidente del
Ateneo de Macorís. Su principal guía espiritual y maestro literario fue el
distinguido poeta Gastón Fernando Deligne, de quien recibió orientación
permanente. Colaboró con las principales publicaciones de su época, entre
ellas: La Cuna de América; Renacimiento; Letras; Su poemario Los humildes situó
entre los pioneros de la poesía social en la República Dominicana y como el más
notable poeta político de la segunda mitad del siglo XX. Al momento de su
muerte tenía 36 años de edad. Su muerte prematura a causa del abuso del
alcohol, impidió el desarrollo de su obra.
Tu silencio fue el grito más atronador que desgarró mis sentidos. Partió en dos mi corazón y dejó mi alma a la intemperie, a merced de los vientos más fríos.
Tu silencio me hablo tan alto, que paralizo mis pasos en el camino y aturdida, aterida, herida, rota la fe y borrado mi espíritu en la reverberación silenciosa de ese aciago destino, no atino aún ni me determino a encontrarle sentido a esta sin razón en la que me he perdido.
Tu silencio fue tan cruel, tan injusto, tan certero al cumplir tu desatino, que nunca más volveré a confiar en las palabras que prometen y se pierden después en el olvido.
El silencio... Tu silencio...
El silencio me grito alto y claro lo que podía esperar de alguien que jamás se ha querido ni ha querido.