viernes, 26 de agosto de 2016

A LA SOMBRA DE UNA VELA


A LA SOMBRA DE UNA VELA

Su declive comenzó en el mismo instante en el que le dio por comparar su vida con la llama de una vela. Sus andares por el camino, siempre habían tenido la femenina sinuosidad del movimiento oscilante de caderas de esa llama que veía crecer y menguar en la palmatoria de su cuerpo errante. A veces tímida, a veces provocadora siempre insinuante. Diciendo mucho sin abrir la boca, más dejando a su cuerpo hablar con el mudo lenguaje que sembraba deseos inconfesables a su paso.

Nunca prendió en los demás ningún fuego importante. Pasó frente al mundo sólo siendo una llamita oscilante con pretensiones de hoguera. Jamás obtuvo ninguna cosecha de su siembra muda, tan sólo quizás, algún atisbo de mirada ciega posada en el derretir continuo e inexorable de la cera de su cuerpo que iba derritiendo con el tiempo su firmeza, consumiendo sus sueños, acabando con la luz de su mirada y sabiendo poco a poco que su destino era quedar completamente fría y ciega.

Fue ese el motivo que la llevó a sentarse frente al espejo, a la sombra de esa vela. Allí dejó pasar el tiempo, prolongó los minutos, absorbió todas las penas que amenazaban con asaltarle los ojos y cuando apenas restaba un hálito de cera, se dispuso a ser humo perfumado de iglesia.

Y se apagó... se apagó dejando la sombra de su cuerpo reflejada en el espejo de la eterna espera...

Carmen 
(26 de agosto del 2016)

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"Omnia mea mecum porto"
Soy todo lo que tengo

DE INCUBOS Y SUCUBUS


DE INCUBOS Y SUCUBUS


Él vagaba cada noche en busca de una presa, una víctima propicia e inocente a la que seducir. Un ángel perdido en el mundo oscurecidos por las sombras. Hacía mucho que no encontraba a nadie así, con la pureza suficiente para considerarla una conquista y otra marca más en su astada testa.

Cada anochecer dejaba el refugio seguro de su guarida y salía del submundo a un mundo aún peor que el que él conocía. Un mundo donde el ruido y los humos pestilentes de maquinas infernales lo llenaban todo. Estaba cansado de tanta pantomima. Siempre era lo mismo, la misma rutina. Le robaba la ropa al primer borracho que encontraba tirado en la calle y con ello asumía la identidad del
mismo. Siempre se topo con pobres seres sin futuro ni fortuna, pero aquel día se dijo que su suerte iba a cambiar.

Decidió arriesgarse y probar otra alcantarilla para alcanzar el exterior. Se sorprendió en el mismo instante de levantarla... no había ruidos ni luces cegadoras ni gente yendo y viniendo con prisa. Asomó un poco mas y el silencio y la noche lo envolvió. No sabía dónde estaba, sólo veía casas sin luces tras
altas tapias y una calle vacía. A lo lejos ladraba de forma ocasional algún perro y nada más. Desalentado se sentó entre suspiros en un banco sin saber qué hacer y entonces le vio subir la calle; alto, atlético, bien parecido, bien vestido, un tipo elegante. Se desvaneció en el aire para no ser visto y cuando el desprevenido viandante se cruzó con su invisible sombra saltó sobre él desplazando muy lejos la pobre e incauta alma... Convirtiéndose en él... Y así se dispuso a conquistar el soñado mundo del horror y el pecado.

Ella, comenzó el ritual de cada atardecer. Refugiada en el lujoso ático que alguno de sus múltiples amantes le había regalado alguna vez, veía anochecer la ciudad que yacía a sus pies cansina, desde el gran ventanal. El sol perdía fuerza y se ocultaba en las sombras de la noche tras la raya de un horizonte quebrado de edificios sombríos y miles, millones de lucecitas comenzaban a aparecer en las
calles, como si de otro cielo inverso se tratase. Entonces llenaba de agua caliente la enorme bañera y añadía las esencias que sabia producirían en los hombres el encantamiento del más sublime placer. Pasaba un buen rato entre la espuma olorosa que a cualquiera hubiese embriagado y salía emergiendo como una diosa... Era hermosa, lo sabía, lo disfrutaba y se regocijaba con ello.

Vestía su cuerpo con gasas y sedas vaporosas, dejando suelto su cabello rojo fuego que resaltaba aún más sus enormes ojos verde agua que reflejaban la inocencia de una niña pequeña si no los miraban bien y salía a la incipiente noche en busca del ser que propiciamente alimentaria su sed.

Vivía en un barrio tranquilo, lejos de los ojos curiosos de la gente normal. Las calles estaban desiertas cuando comenzó a caminar. Sus pensamientos vagaban desde hacía días entre las dudas y una súbita pena desconocida hasta entonces de no saber qué hacer. Últimamente flojeaban las víctimas. La gente estaba hastiada de todo y no creía en nada. Los hombres parecían haberse vuelto todos gays. Ella desplegaba sus encantos cada noche y cada vez con más frecuencia lo único que conseguía era algún borracho. Se sentó en un banco del paseo, era extraño ¿se estaría quizás humanizando? Tenía unas ganas enormes de llorar y de repente las lágrimas comenzaron a correr por sus bien maquilladas mejillas como un río caudaloso.

Él la vio desde el otro lado de la calle. Olisqueó en el aire el aroma salino de las lágrimas de ella y se frotó las manos presintiendo su cambio de suerte. Una víctima propicia y él con aquel cuerpo nuevo; se sentía un ganador. Cruzó con paso firme y se sentó en silencio junto a ella. Extrajo un pañuelo
limpio y bien planchado del bolsillo de su carísimo traje y se lo tendió a ella mientras le preguntaba si estaba bien.

Ella no dejó de llorar aunque por dentro sonriera ante su repentina buena suerte. Tomó el pañuelo que aquel hombre elegante le tendía y de sus labios rojos como la sangre brotó entre hipidos y suspiros un: "no, no estoy nada bien".

Él calculó su siguiente paso y optó por rodear protector los hombros de ella con su brazo ofreciéndole el refugio cálido de su pecho. Ella se dejó hacer mientras redoblaba los sollozos y contenía una carcajada histérica en su interior.

Así estuvieron un rato en silencio hasta que ella, supuestamente más calmada levanto sus ojos hacia los de él y con esa estudiada mirada de inocencia le dio las gracias y ofreciéndole el reclamo de sus labios le invitó a seguirla hasta su casa.

Él ni siquiera lo pensó una vez. Se sentía hipnotizado por ella. La ayudó a levantarse y sin soltarla de su abrazo se dejó guiar. En el ático lucían montones de velas creando una cálida y erótica atmósfera y una música suave y seductora inducía a amarse. Ella le beso largamente mientras rozaba su cuerpo contra el de él. Sin tocarle, ya pudo sentir la tensa excitación que pugnaba por abrirse paso bajo la tela del pantalón de él. Sutilmente le llevó hasta el cuarto y comenzó un ritual de ropas cayendo al suelo bajo la danza sin freno de besos y abrazos. Los múltiples espejos reflejaban la imagen de ambos abrazados y amándose erizándoles aún más la ya caliente piel.

Y de repente ambos se tensaron al alcanzar la cima deseada del sumo placer, se miraron un segundo profundamente a los ojos y como lobos hambrientos se lanzaron uno al cuello del otro mordiendo y absorbiendo la maligna esencia que brotaba imparable de cada ser.

En la ceguera de sus bajas pasiones, ambos se perdieron para siempre. Sus cuerpos ardieron abrazados, juntos por siempre, inseparables, dejando tras de si tan sólo cenizas inconclusas de lo que fueron o pudieron ser.

A la mañana siguiente, la asistenta despistada se quejó en el silencio del ático por el desorden que encontró y mientras subía el volumen de los cascos por los que escuchaba música, se dispuso a pasar el aspirador borrando cualquier vestigio que hablara del fin de un incubo y un súcubo hastiados de no poder ser.



Carmen 
(26 de agosto del 2016)

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lunes, 22 de agosto de 2016

DOS O TRES SEGUNDOS DE TERNURA - - Luis Eduardo Aute




DOS O TRES SEGUNDOS DE TERNURA
Luis Eduardo Aute

Estoy pasando un bache, un reves, un agujero
Un no se que me ocurre
Que ni yo mismo me entiendo
No me apetece nada
Nada mas que estar adentro
Pero no de tu vientre
Sino de tus sentimientos

Quisiera que supieras
Que no tengo otro deseo
Que estar entre tus brazos
Como quien pide consuelo
Sentirte toda mia
Sin lujurias ni misterios
Como siento la sangre
Que circula por mi cuerpo

No me hace falta la luna
Ni tan siquiera la espuma
Me bastan solamente dos
O tres segundos de ternura

A veces me pregunto
Si no me causa respeto
El paso de los años
Desgastando nuestros besos
Asi como el derroche
De algo mas que mucho tiempo
Sin vernos un instante
Mas alla de los espejos

Por eso necesito
Aunque sé que es un exceso
Que tus ojos me digan
Algo asi como de acuerdo
Estoy aqui a tu lado
Para que no tengas miedo
Al miedo de estar solos
Solos en el universo

No me hace falta la luna
Ni tan siquiera la espuma
Me bastan solamente dos
O tres segundos de ternura

SIENTO QUE TE ESTOY PERDIENDO... - - Luis Eduardo Aute


SIENTO QUE TE ESTOY PERDIENDO...
Luis Eduardo Aute

Desde hace algún tiempo te siento distinto,
no sé qué será pero no eres el mismo,
observo en tus ojos miradas
que esquivan la mía,
cansada de tanto buscar tus pupilas
pidiendo respuestas a cada por qué,
pero adivino en ti
algo que empieza a huir
y no quiero entender,
cuando un presentimiento no crea razón,
sólo infunde terror.

Siento que te estoy perdiendo...
perdiéndote.

Y con monosílabos adormecidos
pretendes decir que dialogas conmigo,
tus gestos son más elocuentes,
al menos son signos
de tu indiferencia por todo lo mío
y más si mi afán es hacerte feliz;
qué fue lo que pasó,
dónde estuvo el error
que no pude impedir--
aunque sé que no es fácil decir la verdad
no la digas jamás.

Siento que te estoy perdiendo...
perdiéndote.

Mis labios no encuentran tu beso oportuno,
ni encuentra mi cuerpo en tu cuerpo refugio,
tan sólo pasivo abandono,
distante desnudo
que entregas como algo que no fuera
tuyo,
dejándote hacer en ausente actitud;
qué mortal desazón
es hacerte el amor
cuando ya no eres tú.
No quisiera saber, cuando sueles llorar,
en qué brazos estás.

Siento que te estoy perdiendo,
siento que te estoy perdiendo,
perdiéndote...

domingo, 21 de agosto de 2016

AUSENCIA


AUSENCIA

Es ausencia la palabra
que define mi existencia toda.
Ausencia del amor,
ausencia plena de tristeza,
que clama a gritos
la presencia de quien jamás existió
y me devuelve el destino
su presencia entre risas de burla
que tejen desesperanza
en mi maltrecho corazón.
Es ausencia, si.
Mi alma que a gritos le llama
y en su silencio eterno
encuentra la respuesta
al delirio de su sinrazón.
Y son mis ojos los que adivinan,
cargados de un diluvio
de amargas lágrimas,
lo que perdí en vida
y en vida arrastro
hasta más allá del dolor.
Su ausencia como respuesta
a aquel silencio que nos separo.
Y de nada sirven los lamentos
ni los gritos lastimeros
de mi alma reclamando su presencia
cuando es ausencia lo que recibo,
ausente aún en la presencia mentirosa
que finge y habla de amor.
Es ausencia la palabra
que define mi existencia toda,
ausencia que me deja sola,
abandonada siempre a mi dolor.


Carmen

(21 de agosto del 2016)


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Soy todo lo que tengo



Ausencia

Los Nocheros



sábado, 13 de agosto de 2016

YO SOY la que YO SOY


Estos son mis versos de agradecimiento y reconocimiento al Padre Madre Dios, del cual provengo y al cual pertenezco, siendo Una con su Cósmica y Divina CREACIÓN.

YO SOY la que YO SOY

En el principio todo fue oscuridad.
Vida latiendo en el silencio,
latente mientras Él dormía,
pero vida viva en la espera
del sublime estallido final.
Concentrada-mente concretando,
creando, imaginando, decretando,
sin pausa, sin prisa,
sin principio, sin final.
Sola-mente Eternidad.
Al principio... Y después...
El ojo de la Suprema Mente
se abrió de repente 
iluminando el vacío,
luz y sonido,
en cósmica multi-universalidad.
Y fueron miles... Millones...
Soles y estrellas surgiendo,
estallando, creciendo,
vida naciendo llena de Su Luz.
Y entre tanta belleza... Yo...
Yo como una diminuta chispita
entre Su amorosa e infinita Luz.
Yo, amando... Amándome.
Yo, reconociendo... Reconociéndome.
Yo, recordando... Recordándome.
Yo, agradeciendo... Agradeciéndome.
Yo, luz de Su Luz.
Yo, amor de Su Amor.
Eterna e infinita,
un universo dentro de Su Universo.
Alma eternamente viva,
parte indisoluble de
Su cósmica universalidad.
Sabiéndome y reconociéndome
como lo que soy.
Declarándome así,
en un bucle de eterno Amor
como lo que en verdad soy.
Proclamando y proclamándome:
"Yo soy la que YO SOY"


Carmen
(13 de agosto del 2016)


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viernes, 5 de agosto de 2016

AQUELLOS LEJANOS VERANOS


AQUELLOS LEJANOS VERANOS

El reloj del campanario da las doce de la noche. Doce campanadas monótonas sin alegría, añejas, como si el polvo de los siglos se le hubiera ido amontonando sobre bronce de la campana y el alma de la misma llorara a cada golpe de badajo.

Poco después, las campanas del campanario repican nuevamente sembrando la extrañeza entre las gentes del pueblo que movidas por el calor que en aquellos días asolaba la comarca, trasnochaban sentados a las puertas de sus casas en amena tertulia vecinal mientras los niños, felices al verse liberados gracias a las vacaciones estivales de la tortura de tener que irse temprano a la cama al no tener que madrugar, correteaban por las calles sin coches con la tranquila paz que se respiraba en el lugar.

Al principio, todos pensaron que aquel repiqueteo nervioso de campanas que rompía de nuevo el silencio nocturno, se debería al toque arrebatado que avisaba de algún peligro. Por lo general, un toque así de campanas avisaba de algún fuego existente en el termino municipal, sin duda consecuencia de algún rastrojo quemado sin vigilancia o mal controlado que se había escapado de las manos de algún labriego descuidado.

Más de uno  había ya cavilado la autoría del desaguisado, aunque ninguno se ponía de acuerdo en si había sido el tío Pascual, Mateo el del Palmar o Sebastian, el hijo de la tía Rosario.

Todos los hombres y jóvenes de más edad, corrieron a reunirse en la plaza mientras las madres y abuelas recogían a la chiquillería atrayéndoles hacia ellas y abrazándoles como si se trataran en realidad de gallinas cluecas recogiendo bajo sus alas a sus polluelos.

En las puertas de la iglesia, se encontraba ya Evaristo, el alcalde, junto a don Jeremías, el párroco, don Marcial, el médico y dos o tres de los alguaciles. Los hombres esperaban nerviosos y expectantes las noticias que pusieran punto final a sus cavilaciones y las ordenes para actuar de inmediato en lo que fuere menester.

Don Jeremías, más acostumbrado a dirigirse al pueblo, por aquello de su rango clerical y por su don de gentes, todo sea dicho de paso, fue el primero en tomar la palabra, apaciguar los ánimos y pedir silencio. Después, fue Evaristo, en su papel de alcalde, el que comunicó lo sucedido a sus paisanos.

Al parecer, sin saber cómo ni por qué, La Casona estaba ardiendo, casi podría decirse que por los cuatro costados. Nuevamente los murmullos de los vecinos se dejaron oír. El dueño de La Casona era don Servando Cifuentes, el terrateniente más cruel y sin duda odiado de aquellos contornos. Algunos de los vecinos comenzaban ya a alejarse dando la espalda a los demás cuando de nuevo se dejó oír la voz del cura apelando a la caridad cristiana de que todos ellos hacían gala y recordándoles que todos eran hijos de un mismo padre y que por muy mal que el terrateniente se hubiera portado con ellos, no podían dejar a su suerte a esa mujer y sus pobres hijos que lo más posible es que aún estuvieran dentro de la casa incendiada.

Aquellos que habían decidido marcharse, volvieron entonces sobre sus pasos y al la voz de "¡Vamos!", todos juntos se encaminaron hacia las afueras del pueblo dispuestos a ayudar en lo que se pudiera ayudar.

Después de mucho luchar contra las llamas, poco antes del amanecer, el fuego se dio por apagado. De La Casona, no quedó mucho, pero la unión vecinal había logrado salvar a sus habitantes de aquel fuego voraz y solo el pequeño Luis, uno de los hijos de don Servando, se vio afectado por el humo respirado.

Don Servando, abrazado a su mujer, lloraba en silencio mientras iba agradeciendo a cada uno de aquellos hombres la ayuda que le habían prestado y sobre todo, la lección que en aquella aciaga noche, le habían enseñado.

Los vecinos regresaron a sus casas con sus caras y sus manos tiznadas, alguna quemadura en piel y ropas y la satisfacción reflejada en sus rostros al comprobar que pese a lo perdido, habían podido salvar lo más importante, las vidas de aquellos seres que, pese a todo, también eran seres humanos.

Aquel día que amanecía, nadie iría a trabajar los campos. Todos se sentían cansados. Pero la vida continuaba y mañana... Mañana sería un día más.


Carmen

(5 de agosto del 2016)


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Soy todo lo que tengo

lunes, 1 de agosto de 2016

NO FUE VERDAD


NO FUE VERDAD

No fue verdad...

Tu nunca te fuiste de mi ni las sombras que pretendieron opacarte, pudieron lograr que tu Luz dejara de brillar en lo profundo de mi corazón.

No fue verdad...

Te fuiste, sí... Pero en mi alma rota, aún quedo un hilito de fe en ti. De esa fe que después de eones vividos en soledad, se aferro a tu presencia en mi eterno presente y que aún en la agonía de tu abandono, nunca dejó de pedirle al Universo por ti.

No fue verdad...

Y aunque no hubieses vuelto, aunque tu nombre lo hubiese borrado el tiempo, mi corazón y mi alma hubieran seguido viviendo el eterno presente por ti y para ti.


Carmen

(1 de agosto del 2016)


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"Omnia mea mecum porto"
Soy todo lo que tengo




"Luz de mis ojos"

Luciano Pereyra
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